Recientemente escuche una serie de lecturas llamadas “The ethical imagination” por Margaret Somerville, en la que en síntesis analiza el poder de nuestra capacidad creativa como seres humanos y las consecuencias que esto conlleva. Este material da cabida a muchas reflexiones, y creo que una de la primeras que saltan es que si bien existe una imaginación ética, una de las influencias prácticas de la ética es la ecología, sobreentendiendo que el juicio moral de nuestra acciones sobre el medio ambiente recae sobre nuestra propia capacidad de sobrevivir como especie. Por lo que dentro de este panorama, plantear la imaginación como medida ecológica es un concepto que creo que necesita ser explorado con detenimiento.
Introduzcamos un marco situacional que nos ayude a validar esta teoría.
En la actualidad existen tres grandes industrias que prácticamente rigen y modifican la manera en que concebimos nuestro entorno. La industrial bélica, las telecomunicaciones y el ocio.
La manera en que estas son interconectadas son evidentes cuando tomamos como ejemplo a personajes de nuestro imaginario colectivo como Superman, inmigrante todo poderoso que a manera que ve que la única manera de interactuar dentro de una sociedad en apuros es acoger sus valores y defender sus derechos. La relación que esta figura plantea con la industria bélica es notoria cuando valida sucesos históricos como la gran depresión, la segunda guerra mundial, el desarme unilateral de las armas nucleares y el once de septiembre. Si bien, puede sonar ingenuo que Superman justifique una guerra, pero consideremos que su papel y derecho como defensor del pueblo americano no le permiten ser indiferente al mundo real, lo que conlleva a ser un testigo como Clark Kent y un ejecutor como Superman, validando un juicio moral popular, que en la mayoría de los casos solo puede ser resuelto con la invasión, la confrontación bélica y el desarme del enemigo, en el mundo del comic y el real.
Los derechos del superhéroe, aun tras casi 75 años de batalla legal, pertenecen la transnacional Warner Brothers. Esta ha logrado crear del personaje una franquicia exitosa, siendo un personaje estelar en series de televisión, películas, cartoons, etc. La labor de la Warner es en cierta manera hacer la figura de Superman un ser universal, es decir, que pueda ser reconocido en cualquier parte del mundo. Mientras más personas sepan del personaje, más redituable se vuelve. Solo como ejemplo, podemos recordar la cantidad de tiempo aire en los noticiarios y espacio en los periódicos que recibió cuando en 1990 DC Comics decide matarlo para después volverlo a la vida.
Bien, tomemos como ejemplo la industrial del cine, ahora que entramos a la temporada de Blockbusters, en la que es habitual considerar que una sola película puede tener un presupuesto de cercano a los 100 millones de dólares. Superman Returns, dirigida por Brian Singer (2006) tuvo un costo aproximado a los 200 millones de dólares con una moderada recaudación de 390 millones de dólares en salas de cine de los Estados Unidos. Consideremos que cada película es un producto por sí mismo, que representa una cadena de producción muy larga, con muchas ramificaciones y una inercia enorme, como puede ser el marketing promocional de la película, licencias concedidas a cadenas de comida rápida, y la industria del juguete, solo por dar un par de ejemplos.
Ahora tomemos en cuenta que este personaje ficticio dentro de nuestra realidad, necesita un soporte material detrás de cada aparición. Una industria del comic que imprime toneladas de papel, millones de figuras de acción de plástico fabricadas anualmente, y cantidades enormes de desperdicios generados dentro de las salas de cine al ver sus películas, e incluso, la cantidad de energía eléctrica que me ha tomado escribir sobre este personaje, entra en lo que se puede considerar la huella ecológica de Superman en este planeta.
Entendiendo este panorama por fin podemos explicar que significa la imaginación ecológica. Si bien cuando Jerry Siegel y Joe Shuster dieron vida al personaje, no pensaron que este puede tener una relación con la deforestación de un bosque en particular, pero es justo pensar que nuestros hábitos de consumo relacionados con los productos imaginarios de la cultura occidental merecen valorarse muy detenidamente, en especial cuando sustituimos la imaginación por la expectación tendencia que está cada vez más al alza.
Usar tu imaginación tiene un sentido ecológico ya que no genera emisiones, ni produce residuos ni necesita ser reciclado después de usarse. Si no tienes espacio para plantar un árbol, comprar productos biodegradables es caro y tomar un autobús en vez del coche es impráctico, bueno todavía tienes una alternativa que no dañe al planeta en tu consumo diario, imagina en tu tiempo libre.
Recuerda que Soñar no cuesta nada, especialmente en tiempos de crisis económica.